Por Libia López Mientras miles de rescatistas removían escombros en busca de sobrevivientes tras el devastador terremoto que sacudió a Ven...
Por Libia López
Mientras miles de rescatistas removían escombros en busca de sobrevivientes tras el devastador terremoto que sacudió a Venezuela, otra búsqueda comenzaba silenciosamente entre hospitales, refugios y centros de atención improvisados. No era la búsqueda de víctimas atrapadas. Era la de madres y padres que intentaban encontrar a sus hijos.
En medio del caos, decenas de niños fueron separados de sus familias durante las evacuaciones. Algunos aparecieron en fotografías tomadas por equipos de rescate, otros fueron vistos en hospitales o refugios temporales, y varios fueron registrados en publicaciones difundidas por redes sociales y medios de comunicación. Sin embargo, con el paso de los días comenzaron a multiplicarse las denuncias de familiares que aseguraban haber perdido nuevamente el rastro de esos menores.
Hasta el momento, muchas de estas denuncias no han sido esclarecidas públicamente. Algunas continúan bajo investigación y otras permanecen sin una respuesta oficial que permita confirmar qué ocurrió con cada uno de los niños reportados como desaparecidos tras haber sido rescatados.
Un riesgo reconocido por organismos internacionales
La preocupación no surge únicamente de las redes sociales.
Diversas agencias internacionales han advertido durante años que los desastres naturales representan uno de los momentos de mayor vulnerabilidad para la infancia. Cuando un niño queda separado de sus padres, pierde documentos de identificación o es trasladado entre distintos centros de atención, aumenta significativamente el riesgo de explotación, tráfico de personas, adopciones ilegales y otras formas de abuso.
Precisamente por ese motivo, la organización humanitaria Aerial Recovery, integrada por veteranos especializados en operaciones de emergencia, informó que durante su despliegue en Venezuela no solo participó en labores de búsqueda y rescate. También incorporó personal especializado en la prevención de la trata de personas, al considerar que las primeras horas posteriores a un desastre constituyen una ventana crítica para la actuación de organizaciones criminales.
Su mensaje fue contundente: cuando una catástrofe destruye hogares y separa familias, no solo comienza la carrera por salvar vidas. También empieza una carrera para proteger a los más vulnerables de quienes intentan aprovechar el caos.
Un antecedente que Venezuela no ha olvidado
Las denuncias actuales inevitablemente evocan uno de los episodios más dolorosos de la historia reciente del país.
Tras la Tragedia de Vargas de 1999, numerosas familias denunciaron la desaparición de niños que habían sido rescatados durante la emergencia. Durante años surgieron testimonios, investigaciones periodísticas y reclamos de padres que afirmaban no haber vuelto a encontrar a sus hijos.
Aunque nunca se logró establecer judicialmente la existencia de una operación sistemática de tráfico infantil relacionada con aquella tragedia, el caso dejó heridas profundas y muchas preguntas sin respuesta. Para cientos de venezolanos, el recuerdo de esos niños continúa siendo una deuda pendiente con la verdad.
Ese antecedente explica por qué las nuevas denuncias generan tanta preocupación entre la población.
Entre la desesperación y las redes sociales
En los días posteriores al terremoto comenzaron a circular fotografías y videos de menores siendo rescatados, atendidos por personal médico o trasladados a centros asistenciales.
Paralelamente, familiares utilizaron las redes sociales para intentar ubicarlos. Publicaron fotografías, nombres, descripciones y llamados desesperados pidiendo información.
En algunos casos, aseguraban que el niño había sido visto en determinado hospital y posteriormente ya no figuraba en los registros disponibles.
Estas publicaciones reflejan el nivel de angustia que viven muchas familias, aunque cada denuncia requiere una investigación individual para determinar qué ocurrió realmente.
La trata infantil después de un desastre
Los especialistas en protección infantil coinciden en que las organizaciones dedicadas a la trata de personas suelen aprovechar escenarios donde existe desorden institucional, desplazamientos masivos y separación familiar.
No significa que cada niño desaparecido sea necesariamente víctima de una red criminal.
Pero sí significa que el riesgo aumenta considerablemente y que, por esa razón, los protocolos internacionales establecen la identificación inmediata de menores, el registro fotográfico, la reunificación familiar supervisada y el seguimiento permanente de cada caso.
La transparencia durante ese proceso puede marcar la diferencia entre un reencuentro y una desaparición definitiva.
Preguntas que siguen esperando respuestas
A medida que avanzan las labores de recuperación, continúan surgiendo interrogantes que merecen una respuesta clara por parte de las autoridades competentes.
¿Cuántos niños fueron rescatados y trasladados a hospitales o refugios?
¿Cuántos lograron ser reunificados con sus familias?
¿Cuántos permanecen sin ser plenamente identificados?
¿Existe un registro público y unificado que permita conocer el estado de cada menor rescatado?
¿Qué mecanismos independientes supervisan ese proceso?
Cuando proteger a un niño también significa buscar la verdad
En situaciones de desastre, el mayor enemigo suele ser el tiempo.
Cada hora que pasa sin identificar correctamente a un menor representa una oportunidad para que aumenten los riesgos.
Las denuncias que hoy circulan en Venezuela no constituyen, por sí solas, una prueba de que exista una red de trata actuando detrás de cada desaparición. Sin embargo, tampoco pueden ser ignoradas.
Escuchar a las familias, documentar cada caso y exigir investigaciones transparentes no alimenta teorías; fortalece la protección de la infancia.
Porque después de un terremoto no basta con rescatar a un niño de los escombros.
También hay que garantizar que regrese sano y salvo a los brazos de su familia.
Las cifras que aún faltan
A casi tres semanas del terremoto, las autoridades venezolanas han informado sobre miles de personas rescatadas, fallecidas, heridas y desplazadas. Los balances oficiales hablan de 6.462 personas rescatadas con vida, más de 4.100 fallecidos, más de 17.000 heridos y cientos de cuerpos que permanecen sin identificar.
Sin embargo, existe un vacío de información que preocupa a familiares, organizaciones humanitarias y especialistas en protección infantil: no se ha hecho público un balance oficial que detalle cuántos niños fueron rescatados, cuántos fueron trasladados a hospitales o refugios, cuántos lograron reunirse con sus familias y cuántos permanecen bajo custodia de instituciones del Estado o de organismos de asistencia.
Es comprensible que durante las primeras horas posteriores al desastre el caos, la destrucción de las comunicaciones y la magnitud de la emergencia dificultaran el registro de las víctimas. La falta de recursos y la demora en la llegada de ayuda también complicaron las labores de identificación y reunificación familiar.
Sin embargo, transcurridas casi tres semanas desde la tragedia, esos vacíos continúan sin ser aclarados públicamente. Mientras las familias siguen buscando respuestas y las redes sociales continúan difundiendo denuncias de menores cuyo paradero se desconoce, la ausencia de información consolidada alimenta la incertidumbre y dificulta descartar o confirmar cada caso.
En emergencias de esta magnitud, la transparencia no es un detalle administrativo. Es una herramienta de protección. Un registro claro, actualizado y verificable de cada niño rescatado puede marcar la diferencia entre una reunificación familiar exitosa y una desaparición que permanezca sin respuesta.

.png)
